" Los espacios que habitamos tienen memoria ". La primera vez que escuché esta expresión fue de la boca de Bernardo Ortín. En ese momento me resultó de una belleza inefable, pero ahora veo que no entendía realmente su significado. Hace unos días, hablando con Dayana Wharwood retomé la idea y comprendí todo lo que podía abarcar.
A veces nos enfrentamos a situaciones ocupando espacios que no tienen que ver con la realidad del presente. Espacios físicos o roles. Por ejemplo, cuando volvemos a casa de nuestros padres aunque ya seamos adultos, en muchas ocasiones nos comportamos ocupando el papel de niños de nuevo, esperando que ellos cuiden de nosotros. Volver al espacio en el que se desarrolló nuestra niñez nos conecta con nuestra parte infantil y puede influir en nuestra manera de comportarnos de manera inconsciente.
Esto puede resultar muy grato: volver a lugares donde hemos sido muy felices nos cambia directamente el humor. Nos predispone a la risa y al disfrute. Quizás esto resulta más fácil de identificar porque nos hace sentir cómodos. Pero también nos puede ocurrir lo contrario.
Nos puede pasar que nos descoloque en situaciones en las que no esperamos que aparezcan nuestras heridas. Tenía un paciente con gran experiencia profesional en un cargo intermedio que, cuando se enfrentaba a su jefe, se sentía desarmado y no era capaz de desarrollar todo lo que sí desempeñaba con su equipo de trabajo. A sus 53 años, cuando se situaba delante de su superior , volvía a sentirse como si tuviera 8 años. Conectaba con una herida en la que no fue capaz de contestar a las preguntas del profesor. No hubo entonces humillación por parte del adulto. Sólo sensación de fracaso interior porque le habían enseñado que no se podía equivocar. Ahora, en el presente, guardaba lealtad a ese Andrés de 8 años y, como entonces. se bloqueaba aunque tenía todas las respuestas. Habitaba a ese pequeño niño que no supo contestar en el pasado. No hace falta que ocurran eventos terribles para que aparezca dolor o trauma.
Tampoco todos los espacios tienen que ver con la infancia. Detecto en algunos pacientes que se comportan en las relaciones actuales como si estuvieran tratando con sus anteriores parejas. Se conectan directamente a través de las heridas del pasado y les hace trasladarse a otros espacios. Les lleva a la memoria de lo ocurrido, como si al repetirlo pudieran reparar el ayer. Sin éxito, en cualquier caso, porque en la realidad están en otro escenario.
Ahora, consciente de todo esto, miro mi día a día de una manera diferente. Me sonrío cuando detecto que mis reacciones no se corresponden siempre con lo que ocurre en el presente. Disfruto aquellas que me traen sabores agradables del pasado (como la magdalena de Proust) y me anclo en el presente y recoloco mi cabeza cuando entiendo que el fantasma de un arañazo viene a ser reparado cuando no le corresponde.
Os invito a observar vuestra propia memoria del espacio habitado.

