Papel de la mujer en la evolución humana.

En el origen del ser humano, en uno de los relatos del Génesis se hace referencia a "la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó a la mujer". En la ciencia,  se coincide en que fue un hueso el que tuvo mayor responsabilidad a la hora de convertirnos en lo que somos hoy ahora. Para la ciencia y la creencia difieren en dos aspectos fundamentales, el tipo de hueso y el sexo del portador de la pieza. Para la Biblia fue la costilla de Adán y para la ciencia la cadera de Eva.

Es innegable que la característica que nos hace humanos es nuestro cerebro: siendo una estructura muy compleja y de un gran tamaño con respecto al cuerpo que lo sustenta. Los avances de la ciencia nos han permitido saber que  los cambios cruciales que dieron lugar al gran cerebro, tuvieron lugar sobre el organismo de la hembra de la especie, principalmente en relación con la evolución de su cadera. Todas las peculiaridades fisiológicas que nos diferencian del resto de los animales, son propias de la fisiología de la hembra, adaptaciones extraordinarias que se han producido en el organismo de la mujer a lo largo de millones de años de evolución.  En la mayoría de los estudios de la evolución humana, a la hembra se le ha adjudicado tradicionalmente un papel secundario, en el que se mantenía encerrada en la cueva, rodeada de crías, mientras aguardaba la llegada del macho protector y nutricio. Sin embargo, los datos paleoantropológicos muestran una imagen muy diferente en el cual el macho llega hambriento y cansado a su cueva, sin haber cazado nada y ha de aceptar las bayas e insectos que han recolectado la hembra y las crías por los alrededores de la cueva.

La fisiología endocrinológica al compararse con el resto de las especies que viven en la actualidad, sorprende descubrir que las cualidades que diferencian a nuestra especie de las demás no son ni la inteligencia, ni la capacidad de utilizar los objetos, sino:

  • La receptividad sexual constante y la ocultación de la fertilidad, ya que la hembra es receptiva al macho, incluso fuera del periodo de fertilidad y que cuando llega tan delicado momento, no se anuncia llamativamente.
  • La posición ventral para la cópula, que es la más natural  por la disposición, también única en nuestra especie, de la vagina hacia delante, con apertura ventral de la vulva. Ningún otro animal copula normalmente cara a cara.
  • El orgasmo femenino, una rareza en el reino zoológico y sin ninguna función respecto a la procreación, puesto que a diferencia del hombre la mujer puede ser fecundada en ausencia de orgasmo.
  • La menstruación, un aparente desperdicio de nutrientes y minerales, principalmente hierro, que el cuerpo desecha por la vagina la mucosa uterina no utilizada.
  • Un parto difícil que requiere de ayuda de otra persona y se convierte en un acto social.
  • Las crías son prematuras, incapaces de valerse por sí mismas hasta los cinco años de edad.
  • La menopausia, el cese de la actividad reproductora muchos antes de la muerte biológica y su consecuencia más directa, la aparición de la invención de la abuela.

La hipótesis que se puede plantear, es que miles de hembras, a lo largo de millones de años de evolución soportaron drásticos en sus organismos para adaptarse con éxito a cada nueva circunstancia ambiental, a cada cambio ecológico, impulsaron la evolución de toda la especie humana.

La cadera de Lucy

En 1974, un equipo de investigadores dirigidos por Donald Johanson que trabajaba en Afar (Etiopía), encontró un esqueleto casi completo de una hembra de homínido, con una datación aproximada de tres millones docientos mil años. Este esqueleto fue denominado Lucy, por una canción de los Beatles; también se encontraron más huesos de otros esqueletos y un cráneo completo. Todos los restos pertenecían a una nueva especie que designaron como Australopithecus afarensis.

Lucy medía aproximadamente un metro de estatura, era una hembra joven de unos 20 años de edad, con las muelas del juicio recién brotadas y apenas sin usar, y su periodo de crecimiento había culminado puesto que tenía osificados los cartílagos de los extremos de los huesos largos.  La cadera de Lucy es plenamente humana y no se parece en nada a los primates; completamente bípeda, y está adaptada para caminar. Su sacro es ancho y el fémur presenta una morfología moderna. El húmero estaba ausente del agujero oval que presentan los chimpancés, por lo que no andaban habitualmente a cuatro patas sobre los nudillos. El foramen magnum, agujero por el que sale la médula desde el cráneo y donde arranca la columna vertebral, ocupa una posición intermedia entre la de los antropomorfos y la del hombre, lo que indica que el cuello de Lucy estaba más inclinado hacia delante que el nuestro, pero era más vertical que el de los chimpancés, por lo tanto tenían una postura más erguida que éstos. El rostro se proyectaba hacia delante con un pequeño hocico. Su capacidad craneal era algo mayor que la de un chimpancé. Poseían unos caninos que eran menores y más incisiviformes, los molares eran más anchos y su esmalte era más grueso, como si tuvieran que triturar más cantidad de comida y más dura.  Lucy tenía unas piernas muy cortas y brazos largos, que sugiere que utilizaban con más frecuencia las extremidades superiores que las inferiores (siendo superior que en los seres humanos pero inferior al de los chimpancés). Pesaba 30 kilogramos.  Tenía las falanges de los dedos de las manos y pies curvadas, lo que indica una persistencia de la capacidad de trepar a los árboles y sus manos son muy semejantes a las nuestras,  por lo que sugiere plena capacidad de manipulación de pequeños objetos.

Resultado de imagen de pelvis chimpancé australopithecus y homo sapiens

La pelvis de los animales hembras, ademas de permitir la locomoción y de soportar una parte importante del cuerpo, tienen que permitir el parto. La pelvis alargada característica de los monos es una pelvis denominada "en extensión" que está al servicio de la locomoción cuadrúpeda sobre los pies y nudillos de las manos. Al iniciarse la bipedestación la pelvis se modificó para soportar todo el peso del cuerpo y repartirlo entre los dos elementos de sustentación que son las piernas. La pelvis de los australopitecinos era más achaparrada, denominada "en presión". Esta disposición de la pelvis culminó en la pelvis humana.

La disparidad entre los sexos se acentúa

Hace 150 millones de años, la reproducción sexual dentro del reino animal sufrió una cambio importante, la gestación interna, el desarrollo del embrión en el interior del cuerpo de la hembra y el subsiguiente parto de las crías. Se produjo por un aumento en las diferencias entre los sexos, aunque las hembras y los machos compartan características propias de su especie, tienen estructuras anatómicas propias asociadas a sus distintos papeles reproductivos; junto con la mayor implicación de la hembra en el proceso reproductor, como en el cuidado de las crías posterior al nacimiento. La contribución de la hembra al éxito reproductivo se hicieron mayores que las de los machos.

En la evolución humana dos cambios significativos implicaron un cambio en el modo de vida de los homínidos: el bipedismo y el desarrollo del cerebro, ambos teniendo un impacto mayor en el cuerpo de las hembras que en los machos.  La posición erguida de las hembras homínidas se produjo al mismo tiempo que tenía lugar la pérdida del ciclo de celo presente en los simios, junto al surgimiento de una receptividad sexual constante. Sin embargo, en las homínidas primitivas, al igual que en las mujeres modernas, la ovulación seguiría siendo cíclica, aunque externamente imperceptible. El bipedismo y la modificación de la pelvis tuvo consecuencias sociales, puesto que la hembra homínida da a luz requiere la colaboración o asistencia de algunos miembros de su entorno; el parto puede implicar complicaciones que deben salvarse como la sección del canal del parto, que es ovalada y no se mantiene constante. La entrada del canal, es más ancha de un lado al otro de la madre, pero a medio camino esta orientación gira noventa grados y el eje mayor del óvalo se orienta de la parte delantera del cuerpo de la madre hacia su espalda. Esto significa que el feto debe realizar una serie de giros en su progreso por el canal hasta su expulsión. En los simios al mantenerse el canal del parto en la misma forma de su sección horizontal desde la entrada hasta la salida, es lo que permite que la cría nazca mirando hacia delante (con la cara en la misma dirección que la madre); en cambio en los humanos sucede de forma contraria, el nacimiento ocurre con la cara del bebé mirando hacia atrás y con la parte posterior de su cabeza apoyada en los huesos del pubis materno, provocando que la madre necesite ayuda al dar a luz. Los cambios evolutivos de la pelvis permitieron la marcha erguida, pero conllevo las complicaciones en el parto.

Los fósiles de los últimos 300.000 años de la evolución humana respaldan la conexión entre el aumento del cerebro y los cambios en la anatomía de la pelvis (hay que tener en cuenta la estrecha relación de las dimensiones de la madre y las del feto: el canal del parto tiene un diámetro máximo de 13 cm y un diámetro mínimo de 10 cm, y el diámetro anteroposterior de la cabeza de un recién nacido es de 10 cm y sus hombros son 12 cm de ancho). Las crías con grandes cerebros efectuaban la rotación de la cabeza y de los hombros en el canal del parto y nacían mirando en dirección opuesta a sus madres. Es bastante probable que parir para una astralopithecus tenía características similares a las que tiene entre los humanos modernos.  Por todo ello el origen del bipedismo y la expansión del cerebro estuvo en estrecha relación con la anatomía, al comportamiento de las hembras y al éxito reproductor.

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